Cultura

Tengo una gran confianza en la capacidad pedagógica y transformadora que la lectura —la buena lectura— tiene en las personas. Leer es una actividad activa, valga la redundancia, en contraposición a una actividad pasiva como es ver la televisión, pues la primera invita a reflexionar y la segunda no, o al menos no tanto. A su vez, reflexionar invita a hacerse preguntas —yo lo llamo «descubrir los huecos»—, y hacerse preguntas abre la puerta al cambio personal.

Escribo esto apenas media hora después de concluido un acto virtual de la Biblioteca Nacional de España con motivo del 40.º aniversario del fallecimiento de María Moliner. La conocía por su diccionario pero no tenía ni idea de su labor al frente del programa de bibliotecas rurales que, junto con las misiones pedagógicas, fueron de lo mejor que dio la Segunda República en el ámbito de la educación. Admito que me emocioné cuando se leyó el siguiente fragmento de su prólogo al documento Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas:

No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura!

Y noventa años después, ¿sigue haciendo falta cultura? Cierto es que cuanto más se aprende, más nos damos cuenta de lo poco que sabemos, de lo mucho que nos falta, y eso nos genera inseguridad. Sin embargo, la ignorancia no es felicidad. El hecho de que veamos nuestras carencias cuanto más nos educamos se debe a que la cultura siempre amplía el horizonte, no lo estrecha. La cultura es necesaria, hoy más que nunca; sin ella somos brutos. Pero, ¿cómo saciarnos cuando no sabemos que tenemos hambre de cultura?

Federico García Lorca dijo durante la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), allá por el año 1931:

Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. […] Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita, ¿y dónde están esos libros?

Esos libros están en las bibliotecas —públicas, municipales y escolares— y librerías de nuestra comunidad, por poner un ejemplo. ¡Qué genialidad esto de las bibliotecas, qué gran invento! Libros al alcance de todos = cultura al alcance de todos. Lo refleja muy bien esta frase que se atribuye a Enrique Tierno Galván: «Más libros, más libres». Los libros —la cultura— tienen el potencial de librarnos de los atavismos y las supersticiones, es decir, de la ignorancia —la incultura—. Además, una biblioteca, ya sea pública o personal, es también un espacio de convivencia, una lección de solidaridad; es el lugar donde confluyen la cultura y la libertad. Basta ya de pan y circo; ahora, más que nunca, ¡pan y libros!

… hay muchas personas que no tienen tiempo para la lectura: tienen tanto ruido dentro y tantas imágenes en sus ojos, que no tienen la paz suficiente para comenzar a escuchar a los demás a través de los libros.

Jaime Nubiola, La Gaceta de los Negocios, 15 de mayo de 2005, Opinión, p. 37

2 comentarios en “Cultura

  1. fuco

    Fermosa e sabia reflexión, amigo. A inmundicia insaciable do mundo énchese a base de manteren ao pobo na ignorancia. Agrandan os muros cos ladrillos da indiferencia. Mentres nos rimos e odiamos, e sen decatarnos imos esmorecendo na mediocridade.

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